Dicen que cuando eres Erasmus, lo eres de por vida. Que el espíritu viajero te invade, que fue el mejor año de tu vida. Que te casarás con tu novia erasmus, que volverás a tu ciudad y que lo pasarás muy muy mal recordando todos los pequeños momentos que conformaron ese año. Espero que este blog te sirva de alguna ayuda. Mi erasmus fue ASÍ

domingo, 8 de junio de 2014

De vuelta

 Ya estoy en Granada, aunque desde entonces ha pasado mucho tiempo y muchas cosas que me gustaría contar. Por eso me he tomado este primer día un poco de asueto (lol) y me he puesto, aparte de a perder el tiempo, a escribir en el blog para narrar acontecimientos.

El último fin de semana Erasmus Raquel y yo fuimos a Londres, donde quedamos con Iñaki y Oihana para aprovechar esos días y despedirnos en la capital inglesa. Así pues, os podéis hacer una idea del ajetreo y consiguiente dolor de piernas, ya que nos pateamos todos los museos que nos quedaban por ver (al menos los más interesantes), volvimos a los sitios más básicos (Big Ben, Trafalgar Square…) e hicimos cosas que en otra ocasión ni se nos habrían pasado por la cabeza. Pudimos asistir a la ceremonia de entrega de llaves, que por lo visto se lleva a cabo todas las noches pero hay que pedir con antelación reserva para asistir. Iñaki y Oihana, que lo tenían planeado desde mucho tiempo atrás, estaban preparados, pero no nosotros, así que esperamos a que entrara toda la gente y le preguntamos a un guardia que nos dijo que pasáramos de guay. Luego dicen que los británicos son unos secos. En esto estábamos cuando conocimos a una mujer mayor que se nos acercó, y estuvimos hablando con ella: resulta que era americana, pero por lo visto había vivido mucho tiempo en Londres donde habían estudiado sus hijos, había estado en otras partes de Europa y se había recorrido media España, y esa noche estaba ahí con sus hijas (también californianas) para que ellas vieran la ceremonia. Se le entendía a la perfección, mejor que a muchos británicos, e insistió en que viajáramos fuera de casa porque es la mejor forma de aprender idiomas. La ceremonia, genial, ya que el guardia encargado de animar a la gente era un cachondo y estaba haciendo constantemente bromas (sois un público difícil, dijo el pobre hombre). Otro día fuimos Greenwich, donde el meridiano 0… en barco por el Támesis!, de modo que si teníamos pocas panorámicas de Londres, ahí van más. Y antes de que se me olvide, para que veáis lo pequeño que es el mundo, conocimos allí a una chica americana, Jennifer, que hablaba español bastante bien y que este cuatrimestre va a estudiar en Granada, así que ya tiene nuestros e-mails.

Volvimos a Swansea Raquel y yo; esa tarde nos habíamos despedido de nuestros amigos en la estación de tren, como deberían ser las despedidas (siempre en andenes, estaciones o lo que sea). La casa seguía tan silenciosa y fría como siempre, y nosotros teníamos el lunes por delante para poner todo lo que llevábamos pendiente en orden. ¿Cómo se hace eso? Durmiendo poco y corriendo mucho. Nos dio tiempo a despedirnos de la gente más allegada, hacer las últimas compras (souvenirs incluidos), hacer las últimas comidas, limpiar la casa, repartir la comida entre nuestros amigos swanseros y pasar una noche en vela para despedirnos bien de la casa (o para no dormirnos y perder el tren). No se lo conté a Raquel, pero esa noche, mientras estaba yo en mi cuarto mirando sin mirar páginas webs, vi de refilón algo correr por el pasillo. Algo que juraría era un ratón muy pequeño. Me callé, pues no quería que la histeria destrozara la merecidísima despedida, e incluso caí rendido en la cama por una hora hasta que Raquel llegó con cara de flipada para enseñarme a un gato que dormía en el jardín… Me dolió echar la llave de la casa (aún la llevo colgada al cuello, tan sólo dejé una copia :P) pero el accidentado viaje ayudó a hacer más pasajero el adiós “definitivo”. No he comentado que esa última semana el tiempo estaba siendo cojonudo, cielos despejados llenos de sol y brisa marina.


Avión. Y luego, Madrid. Nada más llegar con la maleta sin ruedas, encendí el móvil y ¡sorpresa!, mensaje de Carlos. Al final los galeses no se salieron con la suya, amigo. Y esperando con un rótulo en el que se leía BRIAN, ahí tenía a Cris, Beleita y Larisa. Lo que son las cosas, que no las habías saludado cuando recibí la llamada de Aarón porque no podía pasarse (cachislamarsalá), pero otra bienvenida. Y con mis cuentacuentos madrileñas dando vueltas por Madrid en Metro (la vida está llena de imposibles, y uno de esos imposibles era que yo llegara a tiempo a Atocha xDDD). Me llegó otro mensaje de Jara para decirme “hola!!” y darme ánimos por la despedida. En serio, esto de tener amigos cuentacuentos es un plus que no habría previsto tiempo ha, y que me llena de alegría. Amigos en todos los puertos, y eso que Madrid no tiene playa :) Me hicieron compañía, me guiaron camino a la estación y me ayudaron a alimentarme, que venía un poco vacío (para la de metáforas que dará este adjetivo, eh?) y me volví a despedir de ellas (sí, en un andén; sí, en el mismo andén en el que me despedí tras la quedada abulense). El viaje duró dos películas y media hora de descanso, así que llegué a Granada a las 12 y media.
Granada me sabe distinta. Le faltan matices, o lo mismo le sobran otros, no sé… La cuestión es que nada más llegar tuve la sensación de que las cosas habían cambiado y nada sería lo mismo. Siempre pienso eso hasta que me adapto, y de nuevo llega otro cambio y lo vuelvo a notar y lo vuelvo a sufrir y me vuelvo a adaptar. Me alojé en el piso de mi hermano mientras buscaba piso que encontré y que finalmente es el que creía que iba a ser. Un piso en Camino de Ronda, un poco a tomar por culo, con tres italianos y un jerezano. Atentos al dato: dos de los italianos son de Florencia y estudian medicina. ¿Quién está ahora mismo en Florencia de Erasmus y estudia Medicina aquí en Granada? El mundo es un puto pañuelo. Mientras estaba en Granada me llamó Silvia por la noche; me quedé mirando el teléfono porque estaba bloqueado, la única Silvia que me venía a la cabeza era una del instituto a la que ni siquiera echo de menos, pero entonces caí. Descolgué y nadie respondía, tan sólo la voz de Ismael Serrano mientras hablaba de niños que crecen antes de lo debido, mientras cantaba “Si Peter Pan viniera”. Me dejó con la sonrisa en los labios, (más)cara de (más) tonto y volví a cenar con la melodía en la cabeza.

Me peleé con mi hermano. Dos días y ya peleados, por eso nos hemos llevado tan bien estos meses. Por otra parte es lógico, somos dos personalidades enfrentadas y sabemos dónde darnos para jodernos bien jodidos, aunque nunca llegamos a esos extremos. Total, que volví a casa con la familia, hola Dylan qué bien vienes y encima no estás delgado, y lo primero que me encuentro es un paquete para mí… tatatachán, en el remitente Indi con nombre y apellidos: Los sembradores de vientos ya es una realidad entre mis manos, señores. GRACIAS. El libro tiene muy buena pinta, por eso mismo no quiero hacer lo que hago últimamente con todos, empezarlo y dejarlo muerto de risa. Le auguro un futuro prometedor, leído por las tardes en el parque García Lorca. Por eso mismo me he tomado la revancha con libros que llevaba a medias. Tras el descanso literario no tardó en aparecer el verdadero significado de estar en Bélmez, y no podía ser otro que echar una mano en el campo en otro de esos preciosos días de aceituna. A estas alturas y aún no han acabado, de modo que me tragué tres jornales como el que no quiere la cosa. Nada mejor para mantener Swansea lejos de mis pensamientos.

La vuelta a Granada me dejó un poco a medias, en un piso nuevo, lejos de donde he vivido los otros dos años, en una habitación tan pequeña como acostumbran a ser en Granada y con compañeros de piso italianos. El piso huele a marihuana. Mucho. Mi armario está en el pasillo porque así me deja más espacio libre en el dormitorio. Todo tiene explicación, y mis compañeros son simpáticos: ayer me invitaron a comer pasta totalmente italiana, exquisita. Lo de las explicaciones, porque en un cuarto tienen un criadero de marihuana con 6 macetas bastante creciditas. Las niñas, las llaman. Y bueno, ayer fui a hacer la primera compra y advertí dos cosas: la primera, que los precios han subido en estos meses; la segunda, que estoy acostumbrado a hacer la compra para muchas personas: un pollo entero troceado, carne picada, 2 hamburguesas y una bandeja de filetes de lomo es mucha carne para una persona. Maldito el día en que aprendí a cocinar. Las clases ni idea porque todavía no he ido a ninguna. Me excuso con eso de que soy moroso, es decir, no he pagado aún las tasas de la universidad así que se supone que no existo para la UGR, pero hoy me ha dado la vena sentimental y me he tirado a la Caja Granada a que me quitaran la etiqueta de deudor. Mañana iré a matricularme de todas esas asignaturas de las que no lo hice en su tiempo para quitarme créditos y materia, y con algo de suerte el año que viene estaré definitivamente libre de la cadena llamada Traducción. O no, quién sabe.


Lo bueno siguen siendo los reencuentros, aunque las cosas cambien y cada uno viva en un sitio y tus amigos estén instalados en su vida granadina sabes que puedes rascar y siempre te llevarás tu buena parte. En la universidad la gente te ve y se nota quién te ha echado de menos y quién lo dice por compromiso, pero en ambos casos es reconfortante saber que sigues teniendo un hueco. Siempre puedo contar con mi piña, los mismos amigos que hace un año nos reunimos en Budapest y que éste fueron a Barcelona (yo no pude, me quedaba decir adiós a la madre Bretaña), y me han traído un kit de emergencia para pasar la depresión post-erasmus. Esta tarde me reúno con María y Raquel de nuevo, a ver asignaturas, pasar un rato juntos, reírnos de nosotros mismos y tratar de coincidir en alguna maldita asignatura para demostrar que los demás lo hacen peor que uno mismo :)